Horacio permanecía inmóvil sobre su cama, con las sábanas desordenadas y empapadas en sudor; las persianas, casi cerradas, dejaban escapar unos destellos de luz; y la puerta del dormitorio estaba cerrada, olía fuerte, a vida. De lejos llegaban retazos de conversaciones de los vecinos, golpes de platos contra tazas y el sonido de sus pensamientos pesados.
Era sábado, pasaban las once de la mañana y hacía frío, las navidades de 2011 estaban cerca y Ana como todos los días, abrió la puerta de la habitación de golpe, tropezó con unos vaqueros –ay, siempre igual, todo por el suelo, ¡Horacio!-, subió las persianas gastadas y le vio hecho un ovillo en la cama , lo balanceó con fuerza, se resistía a salir de su revuelta guarida, hasta que al final se destapó y dijo –ya estoy despierto, déjame tranquilo que ya me levanto-.
Ana le miró con dulzura, salió de la habitación arrastrando los pies hasta la cocina, había preparado el desayuno: leche, cacao, té, tostadas, miel, un par de mandarinas, un zumo de limón y una jarra de agua, todo estaba colocado estratégicamente, según su tamaño. Horacio apareció frotándose los ojos y refunfuñando, llevaba un batín con una parte del cinturón más larga que la otra, manchado de restos de pasta de dientes y un cómic en un bolsillo.
Al ver el desayuno se le iluminó la cara y cambió el gesto, besó a su madre, Ana; quien tarareaba junto a la ventana contemplando los rosales que sobrevivían al invierno milagrosamente.
-Algún día echaré de menos tantas atenciones, es demasiado buena conmigo, hasta cuando no lo merezco- , pensó Horacio para sus adentros con pesadumbre.
Se sentó en la silla de madera y empezó a desayunar, cogió el cómic, se lo sabía de memoria, Los cigarros del Faraón de Tintín, leía y daba bocados a las tostadas de miel, esos minutos se abstraía del mundo que le rodeaba desde hacía un año, medicinas, pruebas médicas eternas y ese olor esterilizado que sobrevolaba el aire de su casa; tenía que aceptar la realidad pero la impotencia estaba mermando su alegría.
Horacio estaba de vacaciones, las clases del colegio habían terminado y tenía todo el tiempo libre que quisiera para entretenerse en Internet, quedar con los amigos para jugar al pócker o ir al cine con esa amiga especial de la que apenas hablaba pero cuya fotografía iba de un lado a otro de su mesa de estudio. Se sentía contento por haber cumplido los 16 años, era el último de la pandilla y sus amigos se metían mucho con él por ser el pequeño aunque también por envidia, era el que más ligaba de todos. Tenía un buen porte, casi metro noventa de altura, unas bonitas manos, un cuerpo musculoso y una sonrisa heredada de su madre, no podía quejarse. Sin embargo, lo mejor era su alegría contagiosa, su lealtad y hasta el mal genio que le servía para defenderse.
Ana tenía casi cuarenta y cinco años, menuda y con el pelo muy oscuro, siempre sonreía aunque estuviera sufriendo un dolor intenso, se había separado hacía un par de años pero su ex lejos de ser su enemigo era su amigo y en estos momentos su confidente. Estaba sola pero se sentía acompañada por su hijo y su hermano mayor recién casado, sus padres fallecieron cuando nació Horacio y casi lo prefería de ese modo.
Un enorme sofá con un par de cojines, la televisión y una pequeña librería formaban el salón. Ana estaba limpiando, cogía los marcos de fotos y no podía evitar mancharlos con sus lágrimas, demasiados recuerdos y personas a las que no volvería a ver más. En su frente se podría leer un cartel de rabia por saber que le quedaba poco tiempo.
Cuando a Horacio le dijeron que su madre tenía cáncer no supo qué decir, qué hacer ni la manera de reaccionar, se quedó petrificado, un sudor frío trepó desde su cuello hasta el final de la espalda, se le secó la garganta y por fin, lo dejaron solo en la sala del hospital. Lloró con furia y aguantando la desesperación, sabía que tenía que aceptar la realidad pero el dolor por lo que sucedería no le dejaba hablar ni moverse.
Ana le había dicho que ellos no iban a despedirse, eso sí, había preparado una carta que le daría su tío. Horacio se ponía de mal humor cuando ella le decía que tenía que asumir la realidad y seguir hacia delante con sus miedos y sus ilusiones. El techo de su cuarto tenía un agujero por el que podía ver los cables de la luz, a veces le gustaría engancharse a ellos para recibir una descarga y desahogar su ira contra el destino.
En aquel piso pequeño pero lleno de ventanales por los que la luz invadía cada rincón, siempre sonaba la música, desde Brahms hasta Michael Jackson pasando por The Beach Boys y desde hacía un año esta costumbre no había cambiado. Los sábados era Horacio el encargado de seleccionar la música, conectaba su Ipod a la minicadena y cantaba solapando a los grupos de pop de la época de su madre, ese día sonaba And Your Dream Comes True de The Beach Boys.
Ana preparaba la comida para ambos, por la tarde tendrían que salir a una merienda familiar, si ella se encontraba con fuerzas, disposición no le faltaba pero tenía que cuidarse.
Horacio disfrutaba comiendo, su madre era una gran cocinera aunque sólo hacía bien diez platos, intentaba que no se notara, inventaba salsas, distintas maneras de cocinar, al vapor, en el horno y siempre ponía un pequeño plato de patatas fritas de acompañamiento, quizás debería haber tomado más verdura pero ahora era tarde.
Ana canturreaba en la pequeña y estrecha cocina, las baldosas blancas y negras del suelo eran la imagen de su vida, plagada de inmaculados recuerdos y con un futuro negro, no para ella sino para los que dejaba en la tierra. Si no tuviera fe, su viaje sin retorno no sería lo mismo, aceptaba con ira que en cualquier momento su corazón dejaría de latir y no vería más a su hijo.
Horacio estaba animado, tenía vacaciones y su amiga especial le había dicho que sí a ir al cine con él por la noche, verían una película de miedo, lo que más le gustaba. Abrió el armario y se le cayó encima un montón de ropa, camisas arrugadas, camisetas viejas y un jersey para ocasiones especiales, los cajones rebosaban calcetines y tras dar un vistazo rápido eligió el modelo que se pondría para ir al cine. A pesar de la irremediable realidad, su madre le animaba a que saliera e hiciera sus planes.
Olía a sopa recalentada de verduras con fideos, la televisión estaba puesta y ya no oía canturrear a su madre ni ningún golpe de la vajilla, como una baraja de naipes en equilibrio Horacio se derrumbó ante lo que intuía. Dejó la ropa en el suelo y fue en dirección a la cocina temblando y llamando a su madre –mamá, mamá, ¿está lista la comida?- No recibió respuesta alguna, sólo silencio.
Cuando llegó a la puerta de la cocina vio asomar las piernas de su madre, se le había caído una zapatilla roja y el pelo enmarcaba su cara llena de dulzura inerte, estaba dormida y no despertaría jamás. Horacio se echó a sus pies sin parar de llorar como un niño pequeño, pensaba en la pérdida tan grande que ya era real y en que no pudo despedirse. Tendría que leer esa carta maldita, donde seguramente su madre le diría -sé feliz porque te estaré cuidando siempre-.
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