Mi primer microrrelato:
Las palomas no prometen nada
Un viejecito cansado está en un banco dando de comer a unas palomas, saca del bolsillo de su chaqueta migas de pan, mezcladas con monedas de un céntimo de euro. El sol se colorea de mediodía y en el suelo del parque se ha dibujado un telar de migas, monedas, excrementos y hojas otoñales. Un ángel y un demonio se acercan a la nuca del viejecito y le susurran al mismo tiempo algo al oído.
De pronto el viejecito siente unas voces a su alrededor, se rasca una pelusa de canas que asoma por su cabeza. Suspira y sigue dando de comer a los colúmbidos más gordos. Ángel y demonio quieren llevárselo como trofeo al cielo o al infierno, depende de lo que él decida. Empieza a apagarse el sol.
El viejecito se hace el despistado, todavía no quiere partir. Preferiría ahogarse en la laguna Estigia y vivir perpetuamente, piensa aturdido. Ya ha anochecido y el viejecito sigue en el parque, se ha quedado dormido, las palomas le pican la cabeza y aún no se despierta.
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