¡Bip,bipbip, bipbip, biiiiip!,- otra vez ese ruido infernal retumbando en mi cuarto en penumbra, lanzo manotazos al aire en busca del ensordecedor despertador, cada día lo soporto menos, me digo para mis adentros-. Aunque la pereza quisiera devorarla por los tobillos a las 7.30 de la mañana, los nervios ante la entrevista de trabajo apartaban cualquier atisbo de quedarse acurrucada en la cama más tiempo.
Tenía 24 años y estaba recién licenciada. Por fin había aprobado la carrera de Periodismo y con metro setenta y algo, largas pestañas, media melena pelirroja y una ingenua sonrisa que sacaba a pasear según el día, había decidido comerse el mundo pero a mordisquitos. Aún no se sentía madura para entrar en el mundo laboral, en aquel planeta de adultos –esos seres que se habían transformado en hongos, leyó una vez y hoy lo entendía perfectamente- que siempre van corriendo y que están de peor humor que ella por las mañanas.
Desde pequeña se sentía como un plátano, con una recia, indolente y sarcástica cáscara protegía un interior, más blandito y soñador; inseguro, mitad vergonzoso mitad descarado y muy sensual, pues a esa edad las hormonas explosionaban a todas horas, causando estragos en la estabilidad emocional de cualquiera. Durante el último año había empezado a ir al terapeuta de motu propio, no le agradaba vivir en una continua mentira. Sin embargo, cada vez era más consciente de que el mundo seguía girando gracias a ella…
Tras redactar concienzudamente unas cuantas cartas de presentación y enviar miles de copias de su breve curriculum vitae, le habían llamado de un importante grupo de comunicación de Madrid.
La entrevista era al mediodía, no tuvo que buscar en el armario la vestimenta adecuada pues la había dejado preparada la noche anterior. Era escrupulosamente ordenada y menos mal porque ese día no tenía tiempo de pensar en nada más que en disfrazarse y fingir ser adulta.
Así que después de lavarse la cara, hacer un par de respiraciones – “tal y como me había indicado el terapeuta”-, desayunó a trompicones. Estaba hambrienta pero un nudo en el estómago le impedía digerir bien los cereales y hasta la tostada con aceite y sal. Se bebió de un sorbo un vaso de leche con cacao y se limpió la boca con la mano.
Hacía dos días que había ido de compras, se llevó una falda negra y una camisa blanca, además de unos vaqueros famosos por hacer buen tipo y una camiseta más provocativa que cualquiera que hubiera llevado Madonna en los 80.
Llegó el momento de ducharse, maquillarse y vestirse con esa falda anodina y esa puritana camisa, se puso medias ya que a principios de otoño ya refresca y es más elegante. La única libertad que se permitió ese día fueron los zapatos, se puso unos negros de tacón de aguja que le hacían sentir más ella misma. Le quitó un bolso pequeño negro y un reloj clásico a su madre, cogió la carpeta con el CV y la carta de presentación.
A pesar de ir con suficiente tiempo de antelación, salió disparada y con la boca seca hacia la empresa donde le esperaba
Eugenia, una chica de Recursos Humanos, cuya voz por teléfono le pareció dulce pero firme.
De camino a la entrevista aprovechó que el autobús estaba en calma para repasar el curriculum y memorizar lo que debía decir y lo que tenía que ocultar, el corazón le latía tan fuerte que volvía opacos todos los pensamientos. Se sentía exultantemente nerviosa pues le apetecía mucho conseguir ese trabajo y a la vez melancólica ya que sabía que su vida nunca sería la misma a partir de entonces.
Siempre le habían tildado como muy madura para su edad y ahora que se suponía que debería serlo, su alma rebobinaba hasta los años de colegio en los que su mayor preocupación era recoger más hojas caídas de los árboles que sus compañeros de clase para hacer el collage de otoño.
Antes de darse cuenta estaba frente a Eugenia, entró y cruzó por el pasillo acristalado de la oficina sin fijarse a su alrededor, mientras era conducida al departamento de Recursos Humanos apenas percibía los teléfonos y los faxes sonando como una orquesta desafinada.
Lo que sucedió durante la charla-trampa-entrevista que le hizo esta treintañera y ambiciosa mujer no se sabrá. Fueron los momentos más angustiosos que había vivido hasta entonces, no por sentirse en peligro físico sino por sentirse obligada a mentir más aún de lo habitual y a decir que deseaba ese puesto de trabajo con todas sus ganas porque estaba preparada.
Al salir de allí con la frase grabada de "ya te llamaremos" lo único que le apetecía era descalzarse, volver a casa cuanto antes y pensar que había sido un mal sueño.
Sin embargo, la pesadilla no había hecho más que comenzar, la universitaria que había vagado como una peonza sobre sí misma, pensando en qué me pongo y si lo mío con el Casanova de turno tiene futuro o es un simple rollete, se había acabado; tocaba esposarme a un horario, soportar que un jefe le mandara más que sus propios padres y dejar de sonreír con ingenua candidez.
Volvió andando a casa, estaba a más de una hora de aquella gélida oficina, no le importó, su cuerpo quería que el viento le desestabilizara y le despeinara; no quería llorar, eso no, no más comisuras saladas, sólo quería ver gente, muchas personas, cruzarse con madres con sus carritos de bebés, ver a los mendigos vendiendo pañuelos en los semáforos, conductores insultando a peatones que no miran en los pasos de cebra y sobre todo, asimilar que nunca más se vestiría como una Lolita ni como Peter Pan.
Por C. Oh.
Love it!!! Can't wait to read more! =)
ResponderEliminarThanks a lot, next story will be a children´s tale ,)
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